Las plazas son peligrosas

9/11/2013

Odio ir a la plaza. Odio ir a la plaza porque tengo miedo de que mi hija se fracture. Juro que tiene una explicación, medianamente, lógica.

plaza-ninos

por María Orfila

Periodista de actualidad de El Observador y Mamá

Por Shila Zyman, especial para Baby ¡Boom!*

Odio ir a la plaza. Odio ir a la plaza porque tengo miedo de que mi hija se fracture. Juro que tiene una explicación, medianamente, lógica.

Mi hija de cuatro años tiene dos fracturas en su haber. Una fue durante el verano de los dos años y la otra durante el verano de los tres años (el detalle de la estación, no parece importante pero lo destaco por la complejidad que implica manejar una niña con yeso cuando hace mucho calor). ¿Cómo se rompió? La primera vez, se cayó de un tobogán, y la segunda, también.

Visto de esta manera, parecería que la pobre chiquilina es torpe, lo es, un poco, pero en realidad ambas caídas fueron por distracción. Todavía puedo ver la cara del traumatólogo (el mismo al que había acudido solamente un año antes por el mismo tema) moviendo la cabeza hacia los costados, no dando crédito de que volvíamos con otro hueso roto de la pequeña criatura. Sin siquiera saludarlo, le pregunté qué tipo de leche o complemento debía darle a la niña. “Sólo cayó mal… sí,  las dos veces”, eso fue lo que tuve que repetir hasta el cansancio a cada miembro de mi familia y amistades, e incluso a todos los que por la calle la miraban y decían: “Pobrecita, tan chiquita…”. “Es la segunda”, decía yo.

Las plazas son preciosas, hay mucho verde, juegos y niños. Bueno, para mi hija lo único permitido es el verde. Puede caminar y saltar. Se puede acostar y rodar. Pero no puede correr, ni jugar, ni sociabilizar.

No entiendo por qué las plazas no son construidas sobre colchones. Así cuando los nenes se caen nos ahorramos la raspadura, la sangre, el llanto y sobre todo, el drama. Dicen que la torpeza es inherente a los niños, que todos se caen; bueno, cuando voy a la plaza, a la única que veo caerse es a la mía.

De los juegos, no se me ocurre uno solo que no sea peligroso:

- Hamaca: ¿Qué niño distraído no fue brutalmente atropellado por otro que se estaba hamacando?

- Subibaja: Es muy lindo hasta que a uno de los dos jugadores se le ocurre bajarse de golpe porque se aburrió y el otro niño, en cuestión de milésimas de segundos, aterriza en el piso.

- Jaula de los monos: Es evidente que quien la inventó no tuvo hijos torpes. Mi hija se golpea sin siquiera subirse, con su 1,15 de altura se golpea la cabeza apenas se acerca, no puedo ni imaginarme viéndola pasar de palo en palo por allá arriba.

- Tobogán: sin comentarios.

Pero, ¿por qué no puede jugar con otros niños? Porque los niños quieren ir a jugar a los juegos. ¿Cómo decirle que no en tal situación? Entonces mientras la nena y su par de turno van de juego en juego, yo voy corriendo atrás cuidando que no se caiga, cargando a mi otra hija, el carrito, los juguetes, las galletitas, el agua, los abrigos y la cartera. En la jaula de monos, me meto adentro y le pongo los brazos alrededor, sin tocarla, pronta para atajarla cuando pise mal y tenga la intención de caerse. Parezco demente. En el tobogán me paro atrás de la escalera mientras sube y después le doy la mano para tirarse. Las otras madres me miran con cara rara. Pero no me importa, ellas no entienden. Este verano, me resisto a que se me rompa de nuevo.

 

* Shila Zyman es licenciada en Comunicación Periodística. Mamá de Maia, de 4 años, y de Katia, de 20 meses.

@shizyman

 

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