¿Lo vas a mandar al jardín? ¿El pediatra no te dijo que se enferman?

24/02/2014

Con cara de pánico, casi con los ojos para afuera y con dedo amenazante, eso fue lo que contestó una mamá en la sala de espera del médico al comentarle que Felipe comenzaría el jardín.

flickr.com/photos/scottvanderchijs/
flickr.com/photos/scottvanderchijs/

por María Orfila

Periodista de actualidad de El Observador y Mamá

Por Lucía Brocal, especial para Baby ¡Boom!*

Cuando los días comenzaron a complicarse con mi esposo decidimos que lo mejor era que Felipe comenzara el jardín. La chica que lo cuidó hasta ese momento consiguió otro trabajo y coordinar con los distintos miembros de la familia se hizo cada vez más estresante y traumático. Ellos tienen su vida y es difícil hacer que corran a nuestro ritmo.

Por esto empecé la tan compleja búsqueda del lugar indicado, llena de culpas y miedos pensando si sería lo mejor para él. Le pregunté a todas mis amigas y conocidas entendidas en la materia para llegar a un lugar recomendado. Ya hablar con ellas me hizo sentir un poco mejor, o al menos, comprendida.

“Lu, tranquila, al principio cuesta, más a nosotros que a ellos, pero les encanta, se divierten, vas a ver que enseguida se adapta”, me decía una mamá amiga.

La verdad que no recorrí muchos. Surgió la posibilidad de ir a ver uno cerca de casa que, además, tiene como encargada a mi concuñada, mérito más que suficiente para transformarlo en la mejor opción.

Igual la cosa está en uno, ese sentimiento parecido a cuando alquilás una casa, que entrás y sentís ese “qué sé yo” que aprueba o desaprueba.

Éste era el indicado: limpio, seguro, con ideas de educación que me parecieron adecuadas, no con locas psicologías y mil y una materias para un niño de un año y maestras agradables.

Después de conversarlo con mi esposo, tomamos la decisión. Al siguiente lunes comenzó con el tan nombrado período de adaptación, para el cual decidí tomarme una semana de licencia. Así podía compartir de cerca ese momento tan especial en su vida. Y también, inconscientemente, para tener todo lo más controlado posible y sentir menos culpa.

Los primeros días todo marchó bastante bien. Verlo con su uniforme, sentado ahí con niños de su edad, interactuando, es muy emocionante. Te hace caer la ficha de que ese bebé que estuvo nueve meses en tu panza creció muy rápido.

Días más tarde Felipe debía quedarse solo mientras que yo lo esperaba afuera. Escucharlo llorar no fue nada fácil. Por momento surgen unas ganas inmensas de sacarlo y pedirle perdón, pero la razón ganó y aguanté con un nudo en el pecho, pensando que ya se le pasaría.

Los días pasaron y Felipe continuaba con la adaptación. Se hizo complicado seguirla, pero con la ayuda de algunos familiares la completamos. Finalmente comenzó todo el horario de cinco horas y quedó. A veces lo dejo mimoso, con alguna lágrima, pero la mayoría de las veces se queda copado.

Ver su cuaderno viajero, sus nuevas palabras, sus reacciones, me hace ver qué bueno es para él aprender a convivir con otros niños. Enfrentarse con esos límites que no están en casa, con nuevas experiencias que lo nutren desde todo punto de vista.

Cada vez que se enferma, bastante seguido por cierto, recuerdo el comentario tan poco feliz de la señora ama de casa y madre perfecta. Pero hoy creo que los mocos son parte de ese crecimiento que en algún momento tendrá que llegar, o al menos son mi consuelo mientras trabajo.

Está claro que el ideal es que se quede en casa hasta los 2 años como recomiendan muchos entendidos en la materia, pero la realidad para muchos papás es otra.

* Lucía Brocal es periodista de Monte Carlo Televisión. Mamá de Felipe, de 1 año 9 meses. @luciabrocal en Twitter.

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