Cómo organizar la muerte digital, en plena vida física

10/03/2014

Cuando ya no estés entre los vivos quedarán tus recuerdos y tus obras, pero cada vez más tu personalidad online. ¿Cómo administrar la vida digital desde el más allá? Herramientas y sugerencias.

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por Carina Novarese

Periodista, gerente de contenidos digitales de El Observador @carinanovarese

Cada ser humano elige cómo pararse ante su propia muerte. Para algunos pensar en el día en que ya no se los contará entre los vivos es un asunto definitivamente desagradable y, como tal, deciden no invertir esfuerzos vitales en hacerlo. Otras personas optan por planear cada paso de su tránsito por el mundo, y por eso también proyectan aspectos de su muerte: quién se quedará con cuáles de sus posesiones materiales, quién cuidará a su ser más preciado, qué dirá su obituario y cómo deberá organizarse su funeral.

En medio de estos extremos los matices son variopintos. Pero sólo en contadas ocasiones los adultos del presente, incluso los más organizados, deciden planificar su muerte digital en vida. A esta altura del partido, en la que hasta la persona menos adepta a la tecnología tiene al menos una decena de cuentas virtuales entre correo electrónico, redes sociales y alguna otra herramienta digital, el hecho llama la atención. ¿Qué pasará con tu cuenta de Facebook cuando mueras? ¿Escribirán en tu muro homenajes al amigo que se fue junto a oferta de 2×1 de jabón en polvo? ¿Tu mail pasará a formar parte de la basura digital que ya ocupa cientos de terabites de espacio virtual?

La vida virtual nos ha acercado complicaciones que, cada vez más, nos obligan a anticipar nuestra propia muerte física para intentar poner en orden la personalidad online que construimos a lo largo de décadas de actividad frenética en redes sociales, correo electrónico y hasta almacenamiento en la famosa nube.

La preocupación por el más allá –o más bien por el más acá de alguien que ya está en el más allá- llegó incluso a Google, que lanzó una herramienta que permite administrar, en vida, qué pasará con las cuentas, archivos y otras propiedades virtuales alojadas en la web. El sistema se llama Administrador de cuentas inactivas y permite que el propietario de una cuenta de Google decida qué hará con su correo electrónico –y con otros servicios de la empresa, desde Picasa a Docs- en caso de que muera. Es algo así como un testamento virtual en el que no hay abogado o escribano que intervenga, sino “alguien” mucho más poderoso, el gran Google.

Luego de ingresar a este administrador, el usuario puede disponer que sus datos sean borrados definitivamente luego de tres, seis, nueve o doce meses de inactividad. También es posible designar a un “testaferro” (en realidad hasta 10), una persona de confianza que recibirá un mail cuando transcurra el tiempo de inactividad en la cuenta, y que tendrá la opción de descargar todos los contenidos –archivos, contactos, videos, imágenes.

Es macabro, es cierto, pero también práctico. A mi hermana Mónica, a quien designé como mi testaferro digital, seguro le parecerá macabro recibir el mail que le escribí y que sólo le llegará en caso de que y desaparezca o muera “Moni, si recibís este correo es una de dos: 1) Desaparecí por alguna razón y no puedo chequear mi cuenta de Gmail (no te preocupes, siempre soñé con desaparecer por un tiempito…) 2) Me morí. Así que encárgate de borrar el montón de pavadas que debo haber guardado en  mis cuentas. Te quiero mucho, hermanita!”.

Pero también es un sistema práctico, no hay que ser tan necio. Cuando imagino los miles de mails (unos 7000 en mi caso y eso que soy selectiva a la hora de guardar), imágenes, tuits, posteos de Facebook, videos y escritos que hemos dejado en Internet como huella de quiénes somos, me planteo dos opciones: ¿para qué preocuparme de todo eso si ya voy a estar muerta? o ¿para qué dejar tanta pista suelta por la web, ocupando un espacio que siempre es finito aunque ahora nos parezca vastísimo?

Google fue además muy ejecutivo a la hora de desarrollar esta herramienta; si se supera el período límite definido por el usuario sin que éste haga uso de ninguna de sus cuentas, lo primero que hará es mandar un  mail y un mensaje de texto al propietario mismo. Si aún así las cuentas se mantienen inactivas procederá a enviar el mail a los “apoderados” virtuales. Si finalmente se desactiva, por ejemplo, la cuenta de Gmail, quienes escriban a esa casilla recibirán un mensaje automático similar al que se usa cuando estamos de vacaciones. Les prometo que esto sí ya me pareció macabro de más y no definí (aún) qué dirá ese mail de “ausencia forzosa”. Es difícil decidir entre ser chistoso sobre la propia muerte (“hola estimado/a. ¿Te acordás cuando te contestaba al toque todos los mails? Me cansé de tanto estrés digital. Así que no esperes nunca más una respuesta mía!”) o trágico (“No me será posible contestar este mail porque he muerto. Gracias por escribirme”).

Para matar la personalidad online

Organizar la vida virtual para que otros no deban preocuparse de ella una vez que morimos, seguramente será una tarea común en unos años, sobre todo para las generaciones que nacieron siendo digitales. Para los análogos, nacidos nosotros sin computadoras omnipresentes y mucho menos celulares trinadores, todavía puede parecer una tarea fútil, una pérdida de tiempo y, como dije antes, una práctica macabra sin mucha gracia.

Lejos de eso, hay unas cuantas complicaciones que se pueden derivar de cuentas sin control. ¿En cuántos comercios online introdujo usted alguna vez su tarjeta de crédito? Si tiene cuenta de Paypal, ¿dejó dinero disponible allí para gastarlo? Otro posible efecto de la vida virtual luego de la muerte, menos complicado pero incluso más antipático, es la posibilidad de que Facebook siga recomendado la cuenta del muerto para que otros se hagan amigos de él en su tradicional categoría de “Gente a la que puedes conocer”.

Para administrar este complejo mapa de cuentas existen otras herramientas más completas, como Assetlock, que permiten guardar las contraseñas y datos vitales de todos esos servicios desperdigados por Internet (desde cuentas de banco hasta correos electrónicos), información que será enviada a él o los contactos elegidos una vez que la persona en cuestión muera. Esto cuesta, según el espacio de almacenamiento que se necesite, desde US$ 10 por año hasta los US$ 239 que cobran por una membresía de por vida con espacio libre.

Servicios como Assetlock –o Legacylocker, otro similar- permiten manejar lo virtual pero también lo real; funciona como una especie de caja fuerte de seguridad pero en vez de estar ubicada en un banco está en la nube; en ella se pueden guardar no sólo contraseñas sino también datos importantes como el seguro de vida, los impuestos y hasta el propio testamento físico, de los tradicionales. El objetivo es uno sólo: que si te morís, enfermás o no podés administrar tus cuentas y servicios, haya una o más personas designadas para decidir qué hacer con ellos. Todo lo anterior con la posibilidad de actualizar la información tantas veces como sea necesario con unos pocos clicks. Además, es posible darle diferentes permisos de acceso a la información a diferentes personas: las fotos para los hijos, el mail que lo revise y cancele el hermano, los datos del seguro para la esposa.

Los humanos hemos logrado sobrevivir a la muerte a través de los recuerdos y en las historias. Ahora sobrevivimos también en los blogs, los álbumes de fotos de Flickr, los tuits, los posts de Facebook, la música subida a Soundcloud y hasta en las imágenes retocadas de Instagram.

¿Qué parte de esos recuerdos virtuales queremos que persistan cuando ya no estemos físicamente en este mundo? ¿Y cómo influirá en nuestros seres queridos ver esos recuerdos congelados en el tiempo?

Las redes sociales han comenzado a buscar salidas elegantes ante este dilema. Facebook, por ejemplo, no permite que nadie acceda a una cuenta ni aún cuando se demuestre que es un familiar cercano de la persona que murió. Sin embargo, generó un sistema por el cual la familia puede pedir que el perfil del difunto se convierta en una “cuenta conmemorativa”, algo así como un sitio de homenaje. Para que la red acceda a este pedido hay que llenar un formulario online. Esta opción puede resultar interesante para quienes quieran preservar la identidad online de su ser querido y permitir que sus amigos y familiares escriban y suban imágenes sobre ésa persona. Este tipo de perfil tiene parámetros especiales de privacidad que hacen que solo los amigos confirmados puedan verlo e incluso ubicarlo en una búsqueda. El nombre del muerto deja de ser parte de la batería de sugerencias que nos da esa red todos los días para hacer nuevos amigos.

Twitter también tiene procedimientos para que la familia de una persona que muere pueda cerrar una cuenta o archivar sus tweets. Pero cada servicio o herramienta online es un mundo y habría que lidiar con cada uno de ellos, uno a uno, para poner en orden la vida digital de un familiar muerto.

Decidir cómo organizar la propia muerte, en un intento por aliviar la carga a los vivos, es una preocupación legítima para muchas personas. Ahora que las facetas reales y virtuales de nuestras vidas son cada vez más intercambiables -¿no es real lo que hacemos en Internet?-, para muchos llegó la hora de organizar la muerte digital cuando queda paño físico para hacerlo.

Bonus trackDead.social es un nuevo servicio que permite enviar mensajes a través de las redes sociales antes de morir. En teoría es posible tuitear o postear en Facebook…desde la tumba.

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