Nunca digas nunca

4/06/2014

¿Quién diría que la misma persona que despotricaba fervientemente en contra del Baby Einstein y toda la sarta de videos infantiles ahora se encontraría cantando sus canciones en la ducha?

elobservador.com.uy/babyboom
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por María Orfila

Periodista de actualidad de El Observador y Mamá

Por Serrana Díaz, @diserrana*

Está saliendo el sol

el gallo no se quiere levantar

porque tiene muuucho sueeeño

y quiere dormir un poco más…

Para quienes todavía no la padecieron, la estrofa pertenece al dvd “Bubba, Descubriendo la granja”, un primo hermano de Baby Einstein en donde dulces niños repiten una y otra vez la palabra “vaca”, “cerdo” y “pollito”, mientras se suceden imágenes de juguetes y animales reales. ¡Qué original!, ¿verdad?

Para nada, pero ni siquiera yo, una exprofesa retractora de los baby célebres y primos hermanos, pude evitar caer en la tentación de ponerle estos videos a mi pequeño hijo cada vez que tengo que hacer algo impostergable como bañarme, trabajar unos segundos en la computadora o revisar las cuentas a pagar.

Hasta ahora no he encontrado nada más efectivo para ganar 20 minutos de independencia. Es automático, una vez que enciendo el dvd Lea queda hipnotizado, estático y mudo. ¡Soy libre!, me digo y salgo corriendo a cumplir mis mundano cometidos.

Cuando me ataca la culpa por recurrir a tan nefasto recurso, me consuelo diciendo que la humanidad ha sobrevivido y sobrevivirá a cosas peores. Igual, todo tiene un límite: al menos me hice la promesa de no llegar a ponerle a los Teletubbies.

Claro, que mi conclusión a 15 meses de ser mamá, es que la frase “nunca digas nunca” alcanza a su máximo exponente cuando uno asume la condición de tal.

“Nunca hablaré con diminutivos”, “prefiero cortarme las venas con una galleta María antes de dejar la tele encendida con sonidos de macaquitos”, “a los seis meses Lea estará durmiendo en su cama”, “seguiré teniendo las mismas ganas de salir que siempre”. Las frases, son una mínima muestra de los “nunca” que en apenas unos meses he dejado por el camino.

Ser madre te cambia y la mayoría de las veces uno no es capaz de dimensionar cuánto. El otro día fui al banco y me quedé con la boca abierta. “Tenga cuidado señora, su firma es diferente a la que tenemos en el registro”, me dijo un funcionario. Era verdad, la nueva firma era notoriamente diferente a la anterior. En poco tiempo se había acortado y había perdido varios trazos. Era más simple, más práctica, quizá un renovado espejo de mi ser en tiempos de pañales, mamaderas y mimos, en donde ver una película de principio a fin con mi pareja puede tornarse un sueño inalcanzable.

* Serrana es periodista. Mamá de Leandro, de 15 meses.

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