El día en que fallamos

16/12/2014

“¿Por qué no vino mi papi?”, preguntó mi hija. Su padre y yo nos habíamos olvidado de una actividad en la escuela. Nos equivocamos

el-dia-que-fallamos

por María Orfila

Periodista de actualidad de El Observador y Mamá

Por Carmen Molina Tamacas, especial para Baby ¡Boom!*

Fue, digamos, una cuestión de números. En la invitación para una de las primeras actividades del año académico -que aquí comenzó el 4 de setiembre- era claro que el martes 16 sería el Día del Padre. No es el mismo Día del Padre que se celebra en junio, sino un día especial en que se espera que los padres, padrastros, abuelos, hermanos mayores… cualquier figura paternal que rodee a los estudiantes comparta un momento especial dentro del salón de clases.

Y las horas eran claras: el ingreso de los niños a la escuela era el normal, a las 8:00 de la mañana, y serían acompañados por sus padres al salón de clases. Después, a las 8:45 estaba programado un refrigerio ofrecido por las maestras y coordinadoras de padres de familia.

Lapsus calami. Esos 45 minutos marcaron la diferencia entre el orgullo del deber cumplido o la culpa del fracaso más rotundo de nuestra paternidad. Nos equivocamos.

Amaneció lloviendo y, pensé, para facilitar las cosas, que debía yo llevar a mi hija a la escuela y que su papá se sumara a las 8:45 para la actividad programada y luego salir para el trabajo. Cuando llegamos, había una gran aglomeración de gente en la puerta, un mar de sombrillas, donde se escuchaban insultos y reclamos en cualquier idioma. A las 8:00 de la mañana todo el mundo está apurado y parece que nadie está de buenas.

No se me ocurrió que la aglomeración se debía a que padres, estudiantes y sombrillas, estaban entrando ya a la escuela para la actividad programada. Al regresar a casa, Carlos ya estaba alistándose, y con café en mano, salió.

Cuando suena el teléfono apenas se ha cerrado la puerta, solo puede deberse a que olvidó algo y viene de regreso. “¿Podés revisar de nuevo a qué hora es la actividad? Acabo de encontrarme a Luis -amigo y vecino- y dice que ya terminó”. El balde de agua fría me recorrió la espalda.

En efecto, nos equivocamos de horas. Ni como echarnos las culpas y pelear, ambos nos equivocamos.

Minuto de silencio. De vergüenza.

Le llamé de nuevo para preguntarle qué debía hacer yo, a la hora de buscarla por la tarde. Conociéndola como la conocemos, saldría descompuesta, llorando, reclamando. Ella misma dio instrucciones al momento de llegar a la escuela, de cómo tenía que llegar su papá a la actividad.

Con mi esposo quizás tenemos muchos desacuerdos -culturales, lingüísticos, domésticos-, pero en lo que respecta a la educación de los niños, cerramos filas en un solo frente. Hay un momento para cada cosa: para ser duros, para ser flexibles, para ceder, para no ceder. Estábamos en jaque.

Primero, estuvimos de acuerdo en que teníamos que decir la verdad, que nos equivocamos. No queríamos caer en la trampa de ceder a una demanda anticipada, con dulces o un regalo. O convertirnos en presas fáciles del chantaje. ¿Son estos momentos en que una mala decisión puede arruinar a un hijo de por vida? Creemos que no: por más que querramos evitarlo, de una u otra forma ¡vamos a arruinarlos!

Nos preciamos de nuestro sano juicio respecto a muchas cosas, tanto trascendentes como cotidianas. Pese a nuestras propia falta de estructura, nuestro hogar sí lo tiene, hay reglas y un elemento clave e indispensable para mantener la cordura: rutina. Hemos estado presentes -ambos o por lo menos uno- en todas sus actividades desde el jardín de infantes, campamentos de verano y hasta ahora que está en primer grado. Por eso nos duele haber fallado.

Tuve el estómago encogido toda la mañana, hasta que llegó el momento de la verdad. A la hora de buscarla, contrario a lo esperado, no estaba molesta, no emitió quejido alguno… y vaya que sabe cómo hacerlo. Pidió un chicle, a lo que cedí de inmediato, y se fue a jugar al parque.

Pasaron los minutos sin novedades en el frente. Fue hasta en la casa, en uno de esos momentos en los que me veo atravesar el desierto sahariano del álgebra, que preguntó: “¿Por qué no vino mi papi?”.

Como en ese momento estábamos haciendo tarea, empujé la respuesta hasta más tarde. Y se le olvidó. Pero al entrar mi esposo por la puerta, el reclamo fue uno. Pero sin dramas ni aspavientos, mucho menos chantajes. Dijimos la verdad, dijimos que lo sentíamos. Y ella lo aceptó. El reclamo llegó y se fue.

Quizás nuestra hija está eligiendo la normalidad frente al drama, a que sus padres podemos equivocarnos. A que merecemos el perdón.

* Carmen es periodista salvadoreña radicada en Nueva York. Mamá de Aleyda y de Carlos Benjamín.

Comenta esta noticia

comentarios

Powered by Facebook Comments